Se le hacía raro girar la cabeza cuando pasaban con el coche por la carretera principal, para ver si la luz de la chimenea atravesaba las ventanas informando de que había alguien dentro. Como si esperara algo. Pero era una costumbre que tenía desde pequeña y no parecía que fuera a cambiar. También era raro no ver aparcado el coche en la puerta, como era habitual. No estaba mal pensar que ya lo habría guardado en la cochera, porque ya eran horas; pero no siempre era de noche cuando pasaba por allí, y además, sabía perfectamente que no era posible...por mucho que quisiera. Hacía un mes que ni había luces asomando por la ventana, ni coche, ni siquiera el gato. Hacía un mes que todo aquello estaba cerrado, dejando miles de recuerdos de su infancia atrás, tan solo bajo el peso de una llave y un candado. Era difícil asumirlo. Todo había terminado, aunque aún estuviera esperando otra cena, otro verano, otro él.
Ahora ya solo quedaba un suspiro infantil que dejaba vaho en el cristal de la ventanilla del coche cuando pasaba por ahí, sutil y silencioso, en un intento frustrado de que no se notara que su mirada mostraba nostalgia y una pizca de tristeza. No, una pizca no era suficiente para describirlo, realmente le parecía demasiado triste, difícil de asumir.
Por eso, cuando la otra noche pasó por allí y volvió a girar la cabeza, una vez más y como había hecho desde que tenía uso de razón, y vió luces asomando a través de las ventanas indicando que allí había alguien... se asustó. Sabía que no era posible, que tenía que ser producto de su imaginación. Pero era tan claro y tan evidente lo que había visto... No se, se dijo, no está tan mal soñar despierta. No es tan malo creer que pueda estar ahí, aunque solo sea gracias a mi imaginación.
Aún así, un escalofrío recorrió su espalda.
No había gato, ni coche.
Sólo luz.
Y era raro.