Los restos humeantes llovieron alrededor de la destilería. El estanque era un pantano de cascotes cubiertos por una capa de cenizas. La superficie se abrió y de las aguas salió el sargento Colon, chorreando lodo.
Consiguió llegar hasta la orilla y se puso en pie trabajosamente, como una criatura marina que quisiera recorrer la escala de la evolución a marchas forzadas.
Nobby ya estaba allí, tendido como una rana, calado hasta los huesos.
- ¿Eres tú, Nobby? - inquirió el sargento Colon con ansiedad.
- Soy yo, sargento.
- Me alegro, Nobby - dijo Colon.
- Pues yo desearía no ser yo, sargento.
Colon vació el agua del casco, y entonces se quedó paralizado.
- ¿Dónde está el joven Zanahoria? -quiso saber.
Los dos miraron las aguas turbias del estanque.
- Supongo que sabe nadar... - siguió el sargento, titubeante.
- No sé. Nunca lo dijo. No debe haber muchos sitios para nadar en las montañas - dijo Nobby.
- Pero seguro que había lagunas de claras aguas azules, y profundos arroyos en las montañas -señaló el sargento, esperanzado-. Y estanques helados en valles oscuros, todo eso. Por no hablar de los lagos subterráneos. Seguro que aprendió a nadar. Seguro que se pasaba el día en el agua.
Contemplaron la superficie gris.
- Probablemente fue el protector -dijo Nobby-. A lo mejor se llenó de agua y lo arrastró al fondo.
Colon asintió, sombrío.
- Te guardaré el casco -siguió Nobby tras unos instantes.
- ¡Pero yo soy tu superior!
- Sí -asintió el cabo con tono razonable-. Pero si te quedas atrapado ahí dentro, querrás que tu mejor hombre esté aquí, preparado para saltar al rescate, ¿no?
- Eso...parece lógico -dijo Colon al final-. No te falta razón.
- Pues venga.
- Pero hay un inconveniente...
- ¿Cuál?
- ... que no se nadar- señaló Colon.
- Entonces, ¿cómo has salido de ahí?
Colon se encogió de hombros.
- Soy un flotador de nacimiento.
Una vez más, contemplaron el lodo en que se había transformado el estanque. Luego, Colon miró a Nobby. Muy despacio, Colon se quitó el casco.
- ¿Es que aún queda alguien ahí dentro? - preguntó Zanahoria.
Se dieron la vuelta. El muchacho se sacó un poco de barro de la oreja. A su espalda, los restos de la destilería seguían humeando.
- Pensé que sería una buena idea salir a echar un vistazo, a ver que estaba pasando - dijo con animación, señalando la verja que daba al patio.
La puerta de la verja colgaba de una sola bisagra.
- Ah - dijo Nobby débilmente-. Buena idea.
- Da a un callejón - explicó Zanahoria.
- No hay dragones allí, ¿verdad? - preguntó el sargento Colon.
- Ni dragones ni humanos. No hay nadie - replicó Zanahoria con impaciencia. Desefundó su espada -. ¡Vamos! -los apremió.
- ¿Adónde? -preguntó Nobby.
Se acababa de sacar una colilla empapada de detrás de la oreja, y la contemplaba con expresión de profundo dolor. Obviamente, ya no servía de gran cosa. Intentó encenderla pese a todo.
- Queremos luchar contra el dragón, ¿no? -dijo Zanahoria.
Colon se removió, incómodo.
- Sí, pero supongo que antes podemos ir a casa a cambiarnos de ropa, ¿no?
- Y a beber algo calentito - añadió Nobby.
- Y a comer algo -asintió Colon-. Un buen plato de...
- Debería daros vergüenza - lo interrumpió Zanahoria-. Hay una dama en apuros, hay que matar a un dragón, ¡y a vosotros sólo se os ocurre pensar en comer y en beber!
- Oh, no sólo estoy pensando en comer y en beber -replicó Colon.
- ¡Quizá seamos todo lo que se interpone entre la ciudad y el desastre absoluto!
- Sí, pero... - empezó Nobby.
Zanahoria blandió la espalda por encima de la cabeza.
- ¡El capitán Vimes habría ido! -exclamó-. ¡Todos para uno!
Los miró, y salió corriendo del patio.
Colon dirigió a Nobby una mirada triste.
- Estos jóvenes de hoy... -suspiró.
- ¿Todos para un qué? -preguntó Nobby.
El sargento suspiró otra vez.
- Bueno, vamos allá.
- De acuerdo...
Salieron titubeantes al callejón. Estaba desierto.
- ¿Hacía dónde ha ido? -quiso saber Nobby.
Zanahoria salió de entre las sombras, sonriendo de oreja a oreja.
- Sabía que podía confiar en vosotros -dijo-. ¡Seguidme!
- Ese chico tiene algo de extraño -dijo Colon mientras cojeaban tras él-. Siempre se las arregla para convencernos de que lo sigamos, ¿te has dado cuenta?
- ¿Todos para un qué?
- Supongo que tiene que ver con su voz.
- Si, pero ¿todos para un qué?
Que lo disfruten.