La llamaban de todo menos bonita, y no era precisamente porque no lo fuera. Tenía mala fama en su barrio, en el trabajo, entre sus amigos y hasta en el gimnasio. Para todos era ligera, buscona, una aprovechada y otros adjetivos menos agradables al oído, que supongo no hará falta añadir para entender de qué estamos hablando. Y daba esa imagen, ya lo creo que la daba. Con un buen físico y una agradable personalidad, llena de vitalidad y carisma que atraía sin dudar, más a hombres que a mujeres -todo hay que decirlo-; iba de allá para acá arrasando con todo lo que se ponía a su paso. Ella era así, aparentemente frívola y superficial. Buscaba lo que buscaba, hombres de usar y tirar.
Su táctica solía ser siempre la misma. No era necesario ir a un bar para que la chica consiguiera ligar, pero para poner un ejemplo, bastaba con que se pidiera el primer gintonic y echara una mirada con las pestañas gruesas al joven más guapo del local, y ya tenía plan para esa noche y los próximos tres o cuatro meses.
No, no es que le gustara ir de flor en flor manteniendo relaciones sexuales con cualquier chico atractivo que pasara de camino. Lo que a ella le gustaba era esa sensación. La sensación que todas las parejas experimentan cuando están al inicio, descubriéndose. Cuando todo es maravilloso, él te regala algo bonito o te escribe una canción, vais al cine a ver una película que os guste a los dos, te coge de la mano, te agarra por la cintura, no le importa besarte en público, ni a escondidas. Y lo hace, claro que lo hace, a todas horas y en todo momento, no importa donde ni cuando, sólo quiere besarte, sentir tus cálidos labios junto a los suyos, impidiendo bajo ningún concepto que se separen por un sólo segundo. Te escribe mensajes románticos, o al menos lo son para lo que se puede esperar de él, mensajes de esos que se te escapa la sonrisita al leerlo, y deja notas bajo tu almohada mientras estás en la ducha o hablando por teléfono. Te lleva a cenar y tu le invitas a él, tomáis un café en un bar y no necesitáis de la compañía de nadie más pues sólo quiere mirarte, escucharte e incluso olerte, a ti, sí, a ti.
Esa era la sensación que ella echaba de menos pasados unos meses, cuando el chico parecía acomodarse, quizás acostumbrarse o aburrirse, no lo sabía con seguridad, pero notaba que para él ya no era igual. Ya no le hacían tanta ilusión los mensajes donde ella le ponía te quiero, ni llamarla a todas horas, ni siquiera olerle el cuello. Ni tomar café a solas, sin un tercero hablando del tiempo, ni dormir abrazados, ni pasarle la mano por el pelo. Las cosas se estabilizaban -quizá fuera lo normal- pero ella no quería perderse esa sensación de nuevo, pues era lo que le daba energías y consideraba que valía la pena luchar por ello.
Así pues, esta chica, ni era ligera, ni buscona, ni una aprovechada; su único objetivo era la pasión, la ilusión, el interés por esos primeros momentos, el tener ganas de verle a todas horas y con cualquier aspecto, el que él tuviera ganas de mirarle, de besarle, de abrazarle, de cogerle la mano, de escribirle un Te quiero, te echo de menos, de no tener ojos nada más que para ella y decirle Duerme conmigo, ahora voy y te robo un beso.
Lo cierto es que esta chica, sólo quería que sintieran por ella esto de nuevo. Porque no hay sensación más maravillosa en el mundo que el perder las horas besando y haciendo todo eso.
Sin prisas, sin pausas, sin límite de tiempo.